Villette
Villette Como he dicho antes, estaba sentada junto a la estufa instalada en la pared que separaba el refectorio del carré, calentando así las dos estancias. En esa misma pared, muy cerca de la estufa, había una ventana que también daba al carré; cuando alcé la vista, un gorro con borla, una frente y dos ojos llenaban el hueco de cristal; la mirada fija de esos dos ojos se encontró con la mía: estaban observándome. Hasta entonces no me había dado cuenta de que las lágrimas corrían por mis mejillas, pero me percaté de ello en ese mismo instante.
Era una casa extraña, donde ningún rincón estaba a salvo de los intrusos, donde no se podía derramar una lágrima ni cavilar sobre algo sin que hubiera un espía cerca que tomara nota o lo descubriera. Y ese nuevo espía masculino, llegado del exterior, ¿qué hacía en el internado a aquella hora tan insólita? ¿Qué derecho tenía a importunarme de ese modo? Ningún otro profesor se habría atrevido a cruzar el carré antes de que sonara la campana que señalaba el inicio de las clases. Pero monsieur Emanuel no tenía en cuenta las horas ni las normas: había un libro que deseaba consultar en la biblioteca del primer curso, y había venido en su busca, pasando, de camino, por el refectorio. Tenía la costumbre de mirar delante, detrás, a un lado y a otro: me había visto a través de la pequeña ventana… y ahora había abierto la puerta del refectorio y allí estaba.
—Mademoiselle, vous êtes triste.