Villette
Villette Después del desayuno, tenía la costumbre de retirarme a la clase del primer curso, donde me sentaba y leía o pensaba a solas (sobre todo esto último), hasta que a las nueve en punto se abrían las puertas y entraban en tropel externas y mediopensionistas, iniciándose el bullicio y ajetreo que duraba hasta pasadas las cinco de la tarde.
Acababa de sentarme cuando alguien llamó a la puerta.
—Pardon, mademoiselle —dijo una pensionnaire, entrando discretamente.
Después de coger el libro o cuaderno que necesitaba, se retiró de puntillas, murmurando al pasar:
—Que mademoiselle est appliquée!