Villette
Villette Lo que resultaba muy provechoso para ella. A Ginevra no le gustaba la taza de café de la mañana; el brebaje escolar no era suficientemente fuerte ni dulce para su paladar; pero tenía un excelente apetito, como las demás alumnas que gozaban de buena salud, y adoraba los panecillos y los bollos, que estaban recién hechos y eran deliciosos. Como sólo nos servían cierto número, y éste era superior a mis necesidades, le daba la mitad a Ginevra; y nunca le quitaba ese privilegio, aunque otras muchachas codiciaban lo que me sobraba. De vez en cuando, ella me daba un poco de su café. Aquella mañana me alegré del cambio; no tenía hambre y estaba muerta de sed. No sé por qué elegí a Ginevra y no a otra alumna para darle mis panecillos; ni por qué motivo cuando tenía que compartir un vaso, como ocurría a veces —por ejemplo, cuando hacíamos una larga caminata por el campo y nos deteníamos a beber en una granja—, intentaba que ella fuera mi compañera, y no me importaba que se bebiera la mayor parte, ya fuera cerveza rubia, vino dulce o leche recién ordeñada. Ella lo sabía; por ese motivo, a pesar de nuestras discusiones diarias, jamás nos enfadábamos.