Villette

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Graham olvidó su irritación aquella misma noche, y se acercó a la pequeña, como de costumbre, cuando sus amigos se marcharon; pero ella se soltó de su mano, lo fulminó con la mirada, no le deseó buenas noches, ni le miró a la cara. Al día siguiente, él la trató con indiferencia y ella se convirtió en un trozo de mármol. Un día después, el muchacho insistió en saber qué le pasaba; pero los labios de la niña continuaron sellados. Por supuesto, él no estaba enfadado: la disputa era demasiado desigual en todos los sentidos; Graham intentó mostrarse persuasivo y conciliador. «¿Por qué estaba enojada?». «¿Qué había hecho él?». Las lágrimas de Paulina no tardaron en darle una respuesta; él la mimó un poco y volvieron a ser amigos. Pero ella no era de las que olvidaban un incidente como aquél: observé que, después de aquel desaire de Graham, no volvió a buscarlo ni a seguirlo, ni a solicitar su atención en modo alguno. En una ocasión le pedí que llevara un libro o algún objeto parecido a Graham, que estaba encerrado en su estudio.

—Esperaré a que salga —dijo ella orgullosamente—. No quiero que se moleste en abrir la puerta.




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