Villette

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—¡Bien! En ese caso podrá imaginar al doctor Graham negándose a cenar… dejando sin probar el pollo y las mollejas. Y luego… pero no tiene sentido extenderse en estos angustiosos detalles. Baste decir que a su madre nunca, ni siquiera en las peores pataletas de su infancia, le costó tanto arroparle como aquella noche.

—¿No quería estarse quieto?

—No quería estarse quieto: eso es. En cuanto se veía bajo las sábanas, luchaba por destaparse.

—Y ¿qué decía?

—¿Que qué decía? ¿Puede imaginárselo llamando desesperadamente a su divina Ginevra, maldiciendo a ese demonio de Alfred de Hamal… hablando en sus delirios de bucles dorados, ojos azules, brazos de gran blancura, pulseras brillantes?

—¡No puede ser! ¿Vio la pulsera?

—¿Que si la vio? Tan bien como yo; y quizá vio también por primera vez la marca que había dejado en su brazo. Ginevra —añadí, levantándome y cambiando de tono—, se acabó. Váyase a practicar.

Y abrí la puerta.

—Pero aún no me lo ha contado todo.

—Será mejor que salga de aquí antes de que lo haga. Quizá no le agrade oír el final de mi historia. ¡Márchese!

—¡Qué mala es! —exclamó ella, pero me obedeció.


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