Villette
Villette Podría haberme enfadado, pero no me sobró un instante para ese sentimiento. Sí, lo que sostenía en mi mano no era una simple nota sino un sobre que guardaba en su interior, como mínimo, una hoja de papel; no era algo ligero, sino sólido, importante, satisfactorio. Y allí estaba la dirección: «Señorita Lucy Snowe», escrita con letra firme, clara, homogénea; y el sello, redondo, abundante, lacrado hábilmente con una mano que no temblaba, con las iniciales «J.G.B.» grabadas con nitidez. Me invadió una sensación de felicidad… una emoción que desbordó mi corazón y corrió impetuosa por todas mis venas. Por una vez, mis esperanzas se convertían en realidad. Tenía en mi mano un pedazo de alegría sólida, auténtica: no un sueño, ni una imagen del cerebro, ni una de esas oscuras posibilidades inventadas por la imaginación, de las que la humanidad está hambrienta pero no puede vivir; no una ración de ese maná que hace tiempo elogié con tristeza… que al principio se derrite en los labios con una dulzura indescriptible y sobrenatural, pero que, al final, nuestra alma acaba aborreciendo, deseosa de alimentos naturales y nacidos de la tierra, rogando encarecidamente a las almas celestiales que reclamen su esencia y su rocío… un alimento divino, pero funesto para los mortales. No era un suave granizo, ni una pequeña semilla de cilantro, ni una hoja delgada de pan ácimo, ni la miel más exquisita. Era la ración primitiva y sabrosa del cazador, carne sana y nutritiva, cazada en el bosque o criada en el desierto, fresca, saludable y vivificante. Era lo que el viejo patriarca moribundo pidió a su hijo Esaú[194], prometiendo bendecirle antes de morir. Era un regalo del cielo; y le agradecí al Señor que me lo hubiera ofrecido. Exteriormente, me limité a dar las gracias al hombre, diciendo: