Villette

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—¡Gracias, muchas gracias, monsieur!

Monsieur frunció los labios, me lanzó una mirada maliciosa y se dirigió a la tarima en dos zancadas. No podía decirse que monsieur Paul fuera un hombre bueno, aunque tenía algunas cualidades.

¿Leí mi carta en aquella clase y en aquel momento? ¿Consumí la carne de venado en seguida y a toda prisa, como si Esaú disparara sus flechas todos los días?

No era tan necia. El sobre con la dirección y el sello con las tres iniciales eran suficiente recompensa por el momento. Salí del aula y conseguí la llave del gran dormitorio, cerrado durante el día. Me dirigí a mi escritorio, con cierta premura, pues temía que madame subiera sigilosamente las escaleras para espiarme, abrí uno de los cajones, cogí un pequeño cofre y saqué de él una cajita; después de mirar nuevamente el sobre complacida y de acercar el sello a mis labios con una mezcla de miedo, vergüenza y satisfacción, doblé el tesoro sin ver qué contenía y lo envolví en un papel plateado; luego lo guardé en la cajita, cerré el cofre y el cajón, salí del cuarto sin olvidar echar la llave y regresé a la clase, con la sensación de que los cuentos de hadas existían y los regalos mágicos no eran un sueño. ¡Qué extraña y dulce locura! Y todavía no había leído aquella carta, fuente de mi alegría, ni conocía el número exacto de sus líneas.


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