Villette

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Cuando volví a entrar en el aula, encontré a monsieur Paul hecho un basilisco. Una alumna no había hablado lo bastante fuerte y claro para su gusto y para su oído, y tanto ella como alguna de sus compañeras estaban llorando mientras él, desde su tarima, les gritaba enfurecido. Es curioso pero, cuando me vio aparecer, descargó su ira sobre mí.

¿Era yo la profesora de aquellas niñas? ¿Me preciaba de enseñarles a conducirse como señoritas? Estaba seguro de que yo les permitía y animaba a ahogar la lengua materna en sus gargantas, y a desmenuzarla y triturarla entre dientes, como si tuvieran algún motivo ignominioso para avergonzarse de las palabras que pronunciaban. ¿Era eso modestia? Él sabía que no. Era un sentimiento falso y abyecto, hijo o precursor de la maldad. Antes que soportar esas muecas, ese tono amanerado y esa forma de gesticular, ese modo de destrozar una noble lengua, esa afectación general y esa obstinación enfermiza de las alumnas del primer curso, prefería dejarlas en manos de un grupo de insupportables petites maîtresses y limitarse a enseñar el abecedario a los párvulos.

¿Qué podía responder yo a todo eso? Realmente nada; y esperaba que me permitiese guardar silencio. La tormenta volvió a desatarse.


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