Villette
Villette ¿Me negaba entonces a contestar a sus preguntas? ParecÃa que en aquel lugar… aquel presuntuoso boudoir del primer curso, con su pretenciosa biblioteca, sus pupitres cubiertos de paño verde, sus estúpidos maceteros, sus horribles cuadros y mapas enmarcados, y su surveillante extranjera… parecÃa que allà estaba de moda pensar que el profesor de literatura ¡no merecÃa una respuesta! Aquéllas eran ideas nuevas, importadas directamente de la Grande Bretagne: rezumaban el descaro y la arrogancia de la isla.
Reinó el silencio. Las alumnas, que jamás habÃan derramado una lágrima por las reprimendas de otros profesores, se derretÃan ahora como estatuas de nieve ante el desaforado ardor de monsieur Paul Emanuel; yo, conservando aún un poco de calma, tomé asiento y me atrevà a reanudar mis labores.
Algo, no sé si mi mutismo o el movimiento de mis manos, dando puntadas, pareció empujar a monsieur Paul más allá de los lÃmites de su paciencia; y saltó de la tarima. La estufa estaba cerca de mi mesa y él la atacó; casi sacó de sus goznes la pequeña puerta de hierro, y las brasas salieron volando.
—Est-ce que vous avez l’intention de m’insulter[195]? —me dijo furioso en voz baja (como si se sintiera gravemente ofendido), fingiendo atizar el fuego.
HabÃa llegado el momento de tranquilizarlo un poco, si era posible.