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Y, sacando de su bolsillo un pañuelo de seda muy limpio, me lo tendió. Alguien que no conociera a monsieur Paul, y que no estuviera acostumbrado a él y a sus impulsos, se habría quedado perplejo ante su ofrecimiento y lo habría rechazado, etcétera. Pero yo comprendí con claridad que debía aceptarlo: la menor vacilación habría sido fatal para nuestro incipiente tratado de paz. Me levanté y extendí el brazo para coger el pañuelo a mitad de camino, lo recibí pudorosamente, me enjugué los ojos y, volviendo a mi asiento, retuve la bandera blanca entre mi mano y mi regazo, poniendo especial cuidado en no tocar ni aguja, ni dedal, ni tijeras ni muselina en lo que quedaba de clase. Monsieur Paul lanzó más de una celosa ojeada a esos utensilios; los odiaba mortalmente, pues consideraba la costura una fuente de distracción que nos impedía prestarle la atención debida. Su explicación fue de lo más elocuente, y se mostró simpático y amable hasta el fin de la clase. Antes de terminar, las nubes se habían disipado y el sol brillaba… las lágrimas se convirtieron en sonrisas.

Al salir del aula, se detuvo otra vez junto a mi mesa.

—¿Y su carta? —me preguntó, sin la menor fiereza.

—Todavía no la he leído, monsieur.


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