Villette

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—¡Ah! Es demasiado maravillosa para leerla en seguida; ¿prefiere guardarla del mismo modo que yo, cuando era niño, guardaba los melocotones maduros?

Aquella suposición se aproximaba tanto a la realidad que no pude evitar que mi rostro se encendiera de un modo muy revelador.

—Espera pasar unos momentos muy felices leyendo esa carta —exclamó—; la abrirá cuando esté a solas, n’est-ce pas? ¡Ah! Su sonrisa me sirve de respuesta. ¡Vaya, vaya! Uno no debe mostrarse demasiado severo; la jeunesse n’a qu’un temps[197].

—¡Monsieur, monsieur! —protesté, o más bien susurré cuando se daba la vuelta, dispuesto a marcharse—. No se vaya con una idea equivocada. Es sólo la carta de un amigo. No la he leído, pero puedo asegurarlo.

—Je conçois, je conçois: on sait ce que c’est un ami. Bonjour, mademoiselle[198]!

—Pero, monsieur, aquí tiene su pañuelo.

—Guárdelo, guárdelo hasta haber leído la carta; ya me lo devolverá después. Leeré en sus ojos el espíritu de la misiva.


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