Villette
Villette Cuando monsieur Paul se marchó y las alumnas salieron al patio y al jardín para disfrutar del recreo que precedía al refrigerio de las cinco, yo me quedé unos instantes meditando, al tiempo que enroscaba distraídamente el pañuelo en mi brazo. Por algún motivo —supongo que llena de alegría por algún súbito recuerdo del brillo dorado de la infancia, avivado por una insólita renovación de su optimismo, y sintiéndome muy feliz por la libertad de las últimas horas de la tarde y, sobre todo, por tener el tesoro en la cajita, el pequeño cofre y el cajón del piso de arriba—, me encontré jugando con el pañuelo como si fuera una pelota, lanzándolo al aire y recogiéndolo al caer. Una mano que no era la mía detuvo el juego… una mano que salía de la manga de un paletôt[199] y pasaba por encima de mi hombro; cogió el improvisado juguete y se lo llevó con estas sombrías palabras:
—Je vois bien que vous vous moquez de moi et de mes effets[200].
Aquel hombrecillo era realmente terrible, un simple duende caprichoso y ubicuo: uno nunca adivinaba sus excentricidades ni su paradero.