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Capítulo XXII   - La carta

Cuando reinó el silencio en la casa, terminó la cena y el ruidoso recreo, anocheció y encendieron la lámpara en el refectorio; cuando las externas se marcharon a casa, y cesó la barahúnda de la puerta y la campanilla, y madame estuvo instalada en la salle à manger en compañía de su madre y de algunos amigos, me escabullí a la cocina y pedí, como algo excepcional, que me prestaran una bougie[201] durante media hora. Mi amiga Goton accedió en seguida:

Mais certainement, chou-chou, vous en aurez deux, si vous voulez[202]. Con la vela en la mano, subí silenciosamente al dormitorio.

Sufrí una gran desilusión al encontrar allí a una alumna indispuesta, tendida en la cama… pero ésta fue aún mayor al reconocer, entre los bordes de muselina del gorro de dormir, la figure chiffonée[203] de la señorita Ginevra Fanshawe. Es cierto que en aquel instante estaba dormida, pero tenía el convencimiento de que se despertaría y me abrumaría con su charla en el momento más inoportuno; y, mientras la observaba, un ligero parpadeo me advirtió que su reposo podía ser fingido, una mera artimaña para espiar con disimulo los movimientos de Timon: no se podía confiar en ella. ¡Y deseaba tanto quedarme a solas para leer mi maravillosa carta con tranquilidad!


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