Villette
Villette No tenÃa más remedio que dirigirme a las aulas. Después de buscar y encontrar mi trofeo, bajé las escaleras. Pero la mala suerte me perseguÃa. Estaban limpiando las clases a fondo, a la luz de las velas, como hacÃan una vez a la semana: los bancos se apilaban sobre los pupitres, el aire estaba lleno de polvo y los posos de café (que las criadas de Labassecour empleaban en vez de hojas de té) oscurecÃan el suelo; la confusión era enorme. Anonadada, pero no vencida, me marché, firmemente decidida a encontrar un poco de soledad en algún lugar.
Tras coger una llave cuyo escondite conocÃa, subà tres tramos de escalera hasta llegar a un rellano oscuro, estrecho y silencioso, abrà una puerta carcomida y me adentré en el inmenso, frÃo y negro desván. Allà nadie me seguirÃa… nadie me interrumpirÃa… ni siquiera madame. Cerré la puerta; dejé la vela sobre una cómoda mohosa y tambaleante; me envolvà en un chal, pues el aire era gélido; cogà la carta, temblando de dulce impaciencia; rompà el sello.
«¿Será larga?… ¿será corta?», pensé, pasándome la mano por los ojos para disipar la penumbra plateada de una llovizna traÃda por el viento del sur.
Era larga.
«¿Será frÃa?… ¿será amable?».
Era amable.