Villette
Villette Por supuesto, una felicidad con tan escaso fundamento sólo podía ser breve; pero, mientras duró, fue sincera y exquisita: una burbuja, pero una burbuja dulce como la miel. El doctor John me había escrito finalmente; y lo había hecho gustoso, con el mejor humor, deteniéndose con inmensa satisfacción en escenas que habían ocurrido ante sus ojos y los míos, en lugares que habíamos visitado juntos, en conversaciones que habíamos sostenido, en todos los pequeños asuntos, en resumen, de las últimas e idílicas semanas. Pero lo que más me complacía era la convicción de que su lenguaje risueño y cordial no pretendía únicamente contentarme a mí, sino satisfacerse a sí mismo. Una satisfacción que quizá él no volviera a desear ni a buscar… una hipótesis, desde cualquier punto de vista, muy verosímil; pero eso concernía al futuro. El presente desconocía el dolor, la impureza, la privación; pletórico, impoluto, perfecto, me colmaba de bendiciones. Un serafín parecía haberse detenido a mi lado, y apoyaba en mi corazón palpitante su ala protectora, balsámica y purificadora. Doctor John, más tarde me hizo sufrir: pero que todo el daño le sea perdonado —libremente perdonado— por aquel favor tan querido y recordado.
¿Existen entes malvados, no humanos, que envidian nuestra felicidad? ¿Existen influencias malignas rondando por el aire y envenenándolo para el hombre? ¿Qué me aguardaba a la vuelta de la esquina?