Villette
Villette Su sensibilidad, esa cualidad tan caracterÃstica en él, que todo lo percibÃa y desvelaba, comprendió en seguida mi queja muda, el reproche que habÃa asaltado fugazmente mi pensamiento. Me preguntó en voz baja si estaba ofendida. Le di a entender que no, moviendo la cabeza.
—Entonces déjeme hablar un poco seriamente con usted antes de marcharse. Tiene los nervios muy alterados. Estoy convencido, por su mirada y su actitud, aunque sepa controlarlas, de que mientras estuvo sola en ese frÃo, lúgubre y sepulcral desván —ese calabozo bajo el emplomado, que huele a moho y humedad, invadido por la tisis y el catarro, un lugar donde nunca deberÃa entrar— vio o creyó ver una aparición especialmente nacida para inspirar espanto. Sé que no tiene, ni ha tenido en el pasado, terrores materiales, miedo a los ladrones, etc., pero pienso que una aparición, de naturaleza espectral, sà podrÃa trastornarla. Ahora debe tranquilizarse. Todo es culpa de los nervios; pero descrÃbame lo que ha visto.
—¿No se lo contará a nadie?
—A nadie… se lo aseguro. Puede confiar en mà del mismo modo que lo hizo en père Silas. En realidad, el médico es el confesor más fiable de los dos, aunque no tenga los cabellos grises.
—¿No se reirá?