Villette
Villette —Es posible que sÃ; pero para hacerle bien a usted, no para ridiculizarla. Lucy, soy amigo suyo, aunque su tÃmida naturaleza necesite tiempo para brindarme su confianza.
ParecÃa un verdadero amigo: aquella sonrisa indescriptible y el fulgor de su mirada habÃan desaparecido; las acusadas curvas de sus labios, cejas y orificios nasales se habÃan suavizado; su actitud era de lo más reposada; la atención imprimÃa seriedad a su fÃsico. Decidida a confiar en él, le conté exactamente lo que habÃa visto; Graham conocÃa la leyenda de la casa, pues yo me habÃa extendido en su relato cierta tarde de octubre, mientras cabalgábamos por el Bois l’Étang.
Tomó asiento y se quedó pensativo. Entretanto, oÃmos bajar a los demás.
—¿Nos interrumpirán? —exclamó él, mirando la puerta con expresión disgustada.
—No, no vendrán aquà —repliqué; pues estábamos en una salita donde madame Beck jamás entraba por las noches, y donde sólo por casualidad seguÃa encendida la estufa.
Pasaron de largo ante nuestra puerta y se dirigieron a la salle à manger.