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Polly se colocaba a su lado, arrodillada en un pequeño cojín o en la alfombra, y los dos iniciaban una conversación en voz muy baja, pero no inaudible. De vez en cuando llegaba a mis oídos algún retazo, y he de decir que una influencia mejor y más dulce que la de los demás días de la semana parecía apaciguar a Graham en aquellos momentos y mejorar su ánimo.

—¿Has aprendido algún himno esta semana, Polly?

—He aprendido uno muy bonito de cuatro versos. ¿Te lo digo?

—Habla despacio, no tengas prisa.

Una vez recitado el himno, o más bien salmodiado, con su vocecilla cantarina, Graham expresaba sus reparos y procedía a darle algunos consejos. Ella aprendía deprisa y tenía habilidad para imitarlo; además, se alegraba de complacer a Graham: era una alumna aplicada. Al himno le seguía una lectura, tal vez algún capítulo de la Biblia; pero era raro que él tuviera que corregirla, pues la niña leía muy bien cualquier narración sencilla; y cuando el tema era comprensible para ella y captaba su interés, su expresividad y su énfasis eran realmente notables. José arrojado al pozo, la llamada de Dios a Samuel, Daniel en el foso de los leones: ésos eran sus pasajes favoritos. Parecía entender especialmente bien el patetismo del primero.


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