Villette
Villette —Señorita Snowe —me dijo Paulina (habÃa adquirido la costumbre de charlar a veces conmigo por las noches, cuando estábamos solas en el dormitorio)—, ¿sabe qué dÃa de la semana me gusta más Graham?
—¿Cómo voy a saber algo tan extraño? ¿Hay algún dÃa de los siete en que sea distinto?
—¡Pues claro! ¿Acaso no se ha dado cuenta? ¿No lo sabe? Para mà el mejor es el domingo; pasa todo el dÃa con nosotros, muy tranquilo, y, por la tarde, está muy amable.
Su observación no carecÃa de fundamento: después de ir a la iglesia y demás, Graham se quedaba pacÃficamente en casa, y dedicaba las tardes a algún apacible, aunque más bien indolente, entretenimiento junto a la chimenea de la sala. Tomaba posesión del sofá y luego llamaba a Polly.
Graham no era un chico como los demás; no sólo le gustaba la actividad fÃsica: era capaz de dedicar algunos ratos a la contemplación; también hallaba placer en la lectura, y su elección de los libros no carecÃa de criterio: reflejaba no sólo ciertas preferencias sino también un gusto instintivo. Es cierto que raras veces hablaba de lo que leÃa, pero a veces lo veÃa sentado, meditando.