Villette
Villette —¡Pobre Jacob! —decÃa a veces con labios temblorosos—. ¡Cuánto querÃa a su hijo José! Tanto, tanto, Graham —añadió en una ocasión—, como yo te quiero a ti. Si te murieras —y, al decir esto, volvió a abrir el libro, buscó el versÃculo y lo leyó—, «me negarÃa el consuelo y descenderÃa llorando al reino de los muertos».
Después de estas palabras, rodeó a Graham con sus pequeños brazos, acercando a ella la cabeza de larga cabellera. Recuerdo que este gesto me pareció extrañamente precipitado; como si hubiera visto a alguien acariciar temerariamente a un animal de peligrosa naturaleza y domesticado sólo a medias. No porque temiera que Graham le hiciera daño o la apartara con rudeza, sino porque pensé que corrÃa el riesgo de ser rechazada con despreocupación e impaciencia, lo que para ella serÃa peor que un golpe. Sin embargo, Graham solÃa recibir aquellas atenciones con pasividad: a veces, incluso, brillaba en sus ojos cierto asombro amable y complacido ante aquellas exageradas muestras de cariño.
—Me quieres casi tanto como si fueras mi hermana pequeña, Polly —le dijo en una ocasión.
—¡Claro que te quiero! —respondió ella—. Te quiero mucho.