Villette
Villette No me permitieron disfrutar mucho tiempo del estudio de su carácter. Apenas llevaba Pauline dos meses en Bretton cuando llegó una carta del señor Home, en la que anunciaba que se había instalado con sus parientes maternos en el Continente y que, como Inglaterra le resultaba ahora insoportable, no pensaba regresar, quizá en muchos años; y que deseaba que su hija acudiera inmediatamente a su lado.
—No sé cómo se tomará la noticia —exclamó la señora Bretton después de leer la carta. Tampoco yo lo sabía y decidí comunicárselo en persona.
Me dirigí al salón —estancia tranquila y bellamente decorada donde le gustaba estar a solas, y donde se podía confiar en ella sin reservas, pues no tocaba nada, o más bien no ensuciaba nada de lo que tocaba— y la encontré sentada en un sofá como una pequeña odalisca, medio oculta entre la sombra de los cortinajes de una ventana cercana. Parecía feliz, rodeada de todas sus labores: el costurero de madera blanca, dos retales de muselina y un par de cintas que había recogido para hacer un sombrero a su muñeca. Ésta yacía en su cuna, debidamente vestida con un gorro de noche y un camisón; Polly la mecía para que se durmiera, como si estuviera convencida de la capacidad de sentir y de dormirse de la muñeca. Al mismo tiempo, contemplaba un libro de imágenes abierto sobre su regazo.