Villette
Villette —Señorita Snowe —dijo en un susurro—, este libro es maravilloso. Candace —Graham habÃa bautizado asà a la muñeca, pues su tez oscura recordaba a la de una etÃope[6]—, Candace está dormida, asà que puedo contarle algunas cosas de él; pero tenemos que hablar bajito para que no se despierte. Graham me dio este libro; describe paÃses remotos… lejos, muy lejos de Inglaterra, a los que ningún viajero puede llegar sin navegar miles de millas por el océano. En ellos viven hombres salvajes, señorita Snowe, que llevan ropas muy distintas a las nuestras; lo cierto es que algunos casi no llevan ropa… para estar frescos, ¿sabe?, pues tienen un clima muy caluroso. En esta ilustración se ve a muchos de ellos reunidos en un lugar desértico… una llanura cubierta de arena, alrededor de un hombre vestido de negro, un inglés muy bueno, un misionero, que predica la palabra de Dios bajo una palmera —me enseñó el pequeño grabado en color—. Y aquà hay unas ilustraciones —continuó diciendo— más extrañÃsimas todavÃa —a veces olvidaba la gramática—. Está la fabulosa Gran Muralla China; y aquà hay una señora de ese paÃs con unos pies más pequeños que los mÃos. Hay un caballo salvaje de Tartaria; y aquà está lo más raro de todo, una tierra de hielo y nieve, sin verdes praderas, ni bosques, ni jardines. En esa tierra, se encuentran a veces huesos de mamut; ya no quedan mamuts. Usted no sabe lo que eran, pero yo puedo explicárselo porque Graham me lo contó. Una especie de duende muy poderoso, tan alto como esta habitación y tan largo como el vestÃbulo; pero Graham no cree que fueran muy feroces ni que comiesen carne. Piensa que, si me encontrara con uno en el bosque, no me matarÃa, a menos que me cruzara justo en su camino; entonces me pisotearÃa entre los arbustos, como yo pisarÃa un saltamontes en un campo de heno, sin darme cuenta.