Villette
Villette Hombres atravesando a sus enemigos con la espada, y muriendo ahogados en su propia sangre en el campo de batalla; toros corneando caballos destripados… un aderezo más suave para el paladar humano que siete demonios despedazando a Vastí: demonios que gritaban furibundos y destrozaban la casa en la que habitaban, pero que seguían negándose a ser exorcizados.
El sufrimiento había golpeado a aquella emperatriz de la escena; y Vastí aparecía ante su público sin ceder ante el dolor, ni soportarlo, ni, en cierta medida, resentirse de él: atrapada en la lucha, rígida en la resistencia. No iba vestida, sino envuelta en unos pliegues pálidos y venerables, largos y regulares como los de una escultura. El fondo, el entorno y el suelo, del más oscuro color carmesí, hacían resaltar su figura, blanca como el alabastro… como la plata: será mejor decir como la Muerte.
¿Dónde estaba el pintor de Cleopatra? Que viniera y se sentara a estudiar esa visión tan diferente. Que buscase allí la poderosa musculatura, la sangre abundante, las carnes rollizas que veneraba: que todos los materialistas se acercaran a mirar.