Villette
Villette Durante largos intervalos me olvidé de mirar su expresión, o de preguntarle qué le parecÃa. El intenso magnetismo del genio alejó mi corazón de su órbita habitual; el girasol se volvió desde el sur hacia una luz más brillante, que no procedÃa del sol: una luz rojiza, de cometa… que quemaba los ojos y los sentidos. No era la primera vez que asistÃa a una representación, pero jamás habÃa visto actuar asÃ: de un modo que asombraba a la Esperanza y silenciaba al Deseo; que tomaba la delantera al Impulso y hacÃa palidecer a la Concepción; que, en lugar de limitarse a irritar la imaginación con la idea de lo que podÃa hacerse, crispando al mismo tiempo los nervios porque no se hacÃa, revelaba una fuerza semejante a la de un profundo y caudaloso rÃo invernal que llevara el alma, como si fuera una hoja, por la violenta y acerada corriente de sus atronadoras cataratas.
La señorita Fanshawe, con su acostumbrada madurez, afirmaba que el doctor Bretton era un hombre serio y apasionado, demasiado severo y demasiado impresionable. Nunca me pareció asÃ: no podÃa achacarle esos defectos. Su actitud natural no era reflexiva, ni su temperamento sentimental; era tan sensible como el agua ondulante, aunque, al igual que el agua, podÃa ser también muy insensible: la brisa, el sol, le conmovÃan; ni el metal ni el fuego dejaban su huella en él.