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La actitud que adoptó ante el doctor me hizo sonreír al principio: no era infantil, más bien podía considerarse paciente y firme, pero un par de veces se dirigió a él con brusquedad, diciendo que le hacía daño y que debía evitar causarle dolor; también vi sus grandes ojos clavados en el rostro de Graham, los ojos serios y asombrados de una hermosa niña. No sé si él se percató: si lo hizo, tuvo la cautela de disimularlo y de no devolverle la mirada. Creo que desempeñó su trabajo con sumo cuidado y delicadeza, tratando de hacerle el menor daño posible; y, cuando hubo terminado, ella lo reconoció con las palabras:

—Gracias, doctor, y buenas noches —pronunciadas con enorme gratitud.

Al decirlas, sin embargo, volvió a mirarle con aquellos ojos serios y llenos de franqueza, que me sorprendieron por su madurez e intensidad.

Las heridas, al parecer, no eran graves: una aseveración que el padre recibió con una sonrisa de lo más amistosa… ¡se sentía tan feliz y satisfecho! Luego expresó a Graham su agradecimiento con el aire circunspecto de un inglés que se dirige a alguien que le ha prestado ayuda, pero que todavía no conoce; le pidió, asimismo, que regresara al día siguiente.

—Papá —dijo una voz, desde el lecho rodeado de cortinajes—, dele también las gracias a la señorita. ¿Está ahí?


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