Villette
Villette Abrà la cortina con una sonrisa y la miré. YacÃa relativamente tranquila. A pesar de su palidez, estaba muy bonita; aunque a primera vista pudiera resultar altivo, su rostro, delicadamente dibujado, estaba lleno de dulzura.
—Le doy las gracias de todo corazón, señorita —exclamó el caballero—. Ha sido muy amable con mi hija. No creo que nos atrevamos a decir a la señora Hurst quién la ha sustituido y ha hecho su trabajo; se sentirá avergonzada y celosa.
Y asÃ, del modo más amistoso, se intercambiaron los saludos de despedida; y, después de que nos ofrecieran hospitalariamente algo de beber, y de que nosotros rehusáramos por ser muy tarde, abandonamos el Hôtel Crécy.
En el trayecto de vuelta, pasamos por el teatro. Todo era silencio y oscuridad: la muchedumbre que gritaba y corrÃa habÃa desaparecido; las farolas, al igual que el incipiente fuego, estaban apagadas y olvidadas. Al dÃa siguiente, los periódicos explicaron que apenas habÃan ardido unos cortinajes; una chispa habÃa iniciado el fuego, que en unos instantes se habÃa sofocado.