Villette
Villette Hacia el final de esas interminables siete semanas, reconocí lo que me había negado a admitir en las seis anteriores: que aquellos espacios en blanco eran inevitables, el resultado de las circunstancias, las órdenes arbitrarias del destino, una parte de lo que me había tocado en suerte vivir, y, por encima de todo, un asunto sobre cuyo origen no debían hacerse preguntas, y sobre cuyo doloroso futuro no debía pronunciarse una palabra. Por supuesto, no me sentí culpable de mi sufrimiento: di gracias a Dios por haberme dado un sentido de la justicia que me impidiera cometer la estupidez de acusarme a mí misma; en cuanto a reprochar a otros su silencio, tanto mi inteligencia como mi corazón estaban convencidos de su inocencia: pero era muy duro recorrer aquel camino, y yo ansiaba vivir tiempos mejores.
Utilicé diferentes recursos para sostener y llenar mi existencia: empecé un difícil bordado, estudié alemán con ahínco, me propuse leer los libros más gruesos y áridos de la biblioteca; en todos mis esfuerzos, fui lo más ortodoxa que supe. ¿Me equivoqué en algo? Es muy probable. Sólo sé que el resultado fue como roer una lima para satisfacer el hambre o beber salmuera para saciar la sed.