Villette
Villette Conteniendo la indignación —permitir que se desatara habrÃa sido una auténtica locura, pues no tenÃa sentido enfrentarse a aquel plumaje insustancial, a aquella polilla de pálidas alas—, apagué la vela, cerré mi escritorio, y salà del dormitorio, ya que ella no querÃa irse. Para ser una cerveza tan ligera, se habÃa agriado de un modo intolerable.
Al dÃa siguiente era jueves y sólo trabajábamos media jornada. Después de desayunar, me habÃa retirado a la clase de primero. Se acercaba la hora terrible, la hora en que llegaba el correo, y yo esperaba su llegada, del mismo modo que quien ve fantasmas aguarda a sus espectros. Era menos probable que nunca que recibiera una carta; y, sin embargo, a pesar de mis esfuerzos, era incapaz de olvidar esa posibilidad. A medida que pasaban los minutos, empecé a sentir una agitación y un miedo mayores de lo habitual. Soplaba un viento helado del este, y hacÃa algún tiempo que yo habÃa establecido una triste asociación con los vientos y sus cambios, tan poco conocidos, tan incomprensibles para las personas sanas. Los vientos del norte y del este ejercÃan una influencia funesta, acentuando los dolores y las penas. El viento del sur podÃa calmar y el del oeste a veces levantaba el ánimo: a menos que trajeran en sus alas el peso de los nubarrones, pues su masa y su calor destruÃan cualquier energÃa.