Villette

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A pesar del frío y de la oscuridad de aquel día de enero, recuerdo que salí de la classe y corrí sin sombrero hasta el fondo del jardín, donde paseé un buen rato entre las ramas desnudas de los árboles; con la vana esperanza de que el cartero llamara a la puerta mientras no pudiese oírlo, ahorrándome así aquella crispación que algunos de mis nervios, roídos sin tregua por los dientes de una idea fija, se habían vuelto incapaces de soportar. Me quedé un tiempo prudencial, pues no quería correr el riesgo de que alguien reparase en mi ausencia. Escondí mi cara en el delantal, y me tapé los oídos para no escuchar el terrible campanillazo que, con seguridad, iría seguido para mí de un silencio sepulcral, de un inmenso vacío. Finalmente, me aventuré a regresar a la primera clase, donde no entrarían alumnas hasta las nueve. Lo primero que vi fue un objeto blanco sobre mi pupitre negro, un objeto blanco y muy plano. ¡El correo había llegado sin que yo lo oyera! Rosine había visitado mi celda y, al igual que un ángel, había dejado tras ella un brillante recuerdo de su presencia. Aquello que resplandecía encima de la mesa era una carta, una verdadera carta; estaba a menos de tres yardas, y, como sólo había una persona en el mundo que me escribiera, tenía que ser el remitente. Todavía se acordaba de mí. Los latidos de gratitud, ¡con cuánta intensidad insuflaron nueva vida en mi corazón!


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