Villette
Villette Querida Lucy: Te escribo para saber qué ha sido de tu vida estos dos últimos meses. Y no es que piense que quizá te cueste enviarnos noticias tuyas. No me sorprendería que hubieras estado tan ajetreada y tan feliz como nosotros en La Terrasse. En cuanto a Graham, sus contactos profesionales aumentan de día en día: tiene tanto trabajo, y está tan ocupado, que yo le digo que acabará volviéndose un engreído. Como buena madre, hago todo lo posible para que no se crezca demasiado: ya sabes que no le dedico el menor elogio. Y, sin embargo, Lucy, es un gran muchacho; me brinca el corazón dentro del pecho cuando lo veo. Después de correr de aquí para allá durante todo el día, de soportar el suplicio de cincuenta estados de ánimo diferentes, de combatir cien caprichos, y de ser testigo en ocasiones de los peores sufrimientos —quizá, de vez en cuando, como yo le digo, infligiéndolos él—, regresa a casa por las noches tan alegre y de tan buen humor que, realmente, me parece vivir en una especie de antípodas morales, y en esas veladas de enero mi día empieza cuando la noche cae sobre los demás. Aun así, es necesario llamarlo al orden, corregirle, reprimirlo, y yo le hago ese favor; aunque es tan optimista que resulta imposible disgustarle. Cuando creo que he conseguido irritarlo, se vuelve hacia mí y empieza a bromear para vengarse: pero ya le conoces a él y todas sus iniquidades; ¡qué necia soy al convertirlo en el tema de esta carta! En cuanto a mí, he recibido la visita del antiguo administrador de Bretton, y he estado hundida hasta las cejas en asuntos financieros. Quisiera recuperar para Graham al menos una parte de los bienes que le legó su padre. Él se burla de mi preocupación, pidiéndome que observe el modo en que él satisface todas sus necesidades y las mías, y preguntando qué puede desear la Anciana Dama que no tenga aún; soltando indirectas sobre turbantes color azul celeste; y acusándome de estar dominada por la ambición de llevar diamantes, tener criados de librea, vivir en una mansión y dictar la moda entre el clan inglés de Villette. Hablando de turbantes color azul celeste, ¡ojalá hubieras estado con nosotros la otra noche! Graham había regresado exhausto y, después de que le sirviera el té, se desplomó en mi butaca con su habitual presunción. Para mi gran alegría, se quedó dormido (ya sabes cuánto me toma el pelo con ese asunto; a mí, que jamás cierro los ojos durante el día). Mientras descansaba, pensé que era muy apuesto, Lucy. Ya sé que es ridículo estar tan orgullosa de él, pero ¿quién puede evitarlo? Dime alguien que pueda equiparársele. Mire donde mire, no veo a nadie como él en Villette. Pues bien, se me ocurrió gastarle una broma; así que saqué el turbante azul celeste y, con sumo cuidado, se lo puse de adorno en la cabeza. Te aseguro que no le sentaba nada mal; tenía un aire bastante oriental, si olvidamos el color de su tez. Nadie, sin embargo, puede acusarle ahora de ser pelirrojo: su cabello es castaño… un castaño oscuro y muy brillante. Y, cuando le envolví en mi enorme chal de cachemira, parecía un joven bajá o pachá improvisado que te hubiera encantado ver. Fue muy divertido; pero, al estar sin compañía, sólo lo disfruté a medias: tenías que haber estado conmigo. A su debido tiempo, mi señor se despertó: el espejo que hay sobre la chimenea no tardó en mostrarle su estado; como podrás imaginar, ahora vivo bajo la amenaza y el temor de la venganza. Pero será mejor que te comunique el motivo de mi carta. Sé que el jueves sólo trabajáis media jornada en la rue Fossette: estate preparada a las cinco de la tarde, mandaré el carruaje para que te traiga a La Terrasse. No dejes de venir: tal vez encuentres a algún viejo conocido. Hasta pronto, mi sensata y querida pequeña ahijada. Sinceramente tuya,