Villette
Villette ¡Una carta asà devuelve el ánimo a cualquiera! Es posible que siguiera un poco triste después de leerla, pero estaba mucho más tranquila; no exactamente alegre, quizá, pero sà aliviada. Mis amigos, por lo menos, estaban sanos y felices: Graham no habÃa sufrido ningún accidente; su madre no padecÃa ninguna enfermedad: esas desgracias que habÃan ocupado tanto tiempo mis sueños y mis pensamientos. Además, sus sentimientos por mà continuaban siendo los mismos. Y, sin embargo, ¡qué extraño era comparar las siete semanas de la señora Bretton con las mÃas! ¡Qué sensatas se muestran las personas que, hallándose en una situación excepcional, guardan silencio y no declaran exaltadamente cuánto les molesta esa posición! El mundo puede comprender muy bien que alguien muera por falta de alimentos; pero muy pocas personas son capaces de entender que alguien enloquezca de aislamiento. Ven que el prisionero liberado tras un largo encierro se ha convertido en un loco, en un idiota… que sus sentidos le han abandonado… que sus nervios, en un principio crispados, sucumben a terribles angustias, y luego se quedan paralizados… mas es un asunto demasiado complicado para analizarlo, demasiado abstracto para la comprensión popular. ¡Hablar de él! Es casi como ponerse en pie en medio de un mercado europeo y pronunciar unas oscuras palabras en la misma lengua con que Nabucodonosor, el hipocondrÃaco imperial, se dirigió a sus desconcertados caldeos[224]. Y durante mucho, muchÃsimo tiempo serán escasos y difÃciles de encontrar los espÃritus que no consideren tales asuntos un enigma, y que sean comprensivos con ellos. Durante mucho tiempo se pensará que sólo las privaciones fÃsicas son dignas de compasión, y que el resto es una quimera. Cuando el mundo era más joven y más fuerte que ahora, el sufrimiento moral era un misterio aún más profundo: es posible que en toda la tierra de Israel no existiera más que un Saúl… y tan sólo un David que pudiera tranquilizarlo y comprenderlo.