Villette
Villette El intenso frío de la mañana fue seguido, horas después, por un fuerte viento de las estepas rusas: la zona fría silbaba sobre la zona templada, convirtiéndola rápidamente en hielo. Un pesado firmamento, gris y cargado de nieve, navegó desde el norte y cubrió la expectante Europa. Por la tarde empezó a nevar. Temí que no viniera ningún carruaje… ¡era tanta la violencia con que rugía la tormenta blanca! Pero confié en mi madrina. Después de hacer la invitación, no se quedaría sin su huésped. Hacia las seis me ayudaron a salir del carruaje y a subir los escalones cubiertos de nieve que conducían a la entrada del château, y me dejaron en la puerta de La Terrasse.
Atravesé corriendo el vestíbulo y me dirigí al salón, donde encontré a la señora Bretton, que me recordó a un día de verano. Aunque hubiera tenido el doble de frío, su beso cariñoso y su cordial apretón de manos me habrían devuelto el calor. Después de pasar tanto tiempo en habitaciones de paneles desnudos, oscuros bancos, pupitres y estufas, el salón azul me pareció maravilloso. El resplandor carmesí del fuego navideño de su chimenea me deslumbró.
Mi madrina retuvo mi mano entre las suyas, charló conmigo y me reprendió por haber adelgazado desde nuestro último encuentro; luego se dio cuenta de que el viento y la nieve me habían despeinado y me envió al piso de arriba para acicalarme y quitarme el chal.