Villette
Villette Y lo parecÃa. Sus ojos eran los de alguien que sabe recordar; de alguien cuya infancia no se desvanece como un sueño, y cuya juventud tampoco desaparece como un rayo de sol. No era una persona que se tomara la vida, de forma poco rigurosa e incoherente, por etapas, y dejase que una estación se le escapara al comenzar otra: conservaba y añadÃa; con frecuencia rememoraba cuanto habÃa vivido, de ahà que creciera en solidez y armonÃa a medida que lo hacÃa en años. Sin embargo, me costaba creer que todas las escenas que ahora se agolpaban en mi cerebro fueran tan vÃvidas para ella. Sus grandes afectos, las bromas y peleas con su querido compañero de juegos, la sincera y paciente devoción de su corazón infantil, sus miedos, sus delicadas reservas, sus pequeñas tribulaciones, el lacerante dolor de la separación final… recordé todas esas cosas y movà la cabeza con incredulidad. Ella insistió.
—La niña de siete años vive en la joven de diecisiete —dijo.
—Estaba usted terriblemente encariñada con la señora Bretton —exclamé, intentando ponerla a prueba.
Se apresuró a corregirme.
—Terriblemente encariñada, no —respondió ella—; me gustaba, la respetaba, al igual que ahora: parece haber cambiado muy poco.
—Apenas ha cambiado —asentÃ.