Villette

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El padre y el hijo llegaron finalmente al château: pues el conde de Bassompierre acompañaba aquella noche al doctor Bretton. No sé cuál de nosotras oyó antes los caballos; la crudeza, la violencia del tiempo justificaron que corriéramos al vestíbulo para recibir a los dos jinetes; pero ambos nos aconsejaron que no nos acercáramos: estaban completamente blancos… eran dos montañas de nieve; y lo cierto es que la señora Bretton, al ver su estado, les ordenó entrar inmediatamente en la cocina; y les prohibió, por su cuenta y riesgo, pisar la escalera alfombrada hasta haberse quitado su disfraz navideño. No pudimos evitar, sin embargo, seguirles a la cocina: era una vieja cocina holandesa de gran tamaño, pintoresca y agradable. La blanca y menuda condesa bailaba alrededor de su padre, igualmente blanco, dando palmadas y gritando:

—Papá, papá, pareces un gigantesco oso polar.

El oso se sacudió y el pequeño duende huyó lejos de aquella lluvia helada. Pero Paulina regresó riendo, deseosa de ayudarle a despojarse del disfraz ártico. El conde, librándose finalmente de su grueso gabán de nieve, amenazó aplastarla con éste como si se tratara de un alud.

—¡Vamos, vamos! —dijo Paulina, inclinándose para animarle a hacerlo; y, cuando la avalancha estaba a punto de caer sobre su cabeza, se alejó saltando como una diminuta gamuza.


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