Villette
Villette Sus movimientos tenÃan la suave agilidad, la gracia aterciopelada de un gatito; su risa era más clara que el sonido de la plata y el cristal: cuando cogió las frÃas manos de su padre y las frotó, y se puso de puntillas para darle un beso en los labios, un halo de ternura y alegrÃa pareció brillar a su alrededor. El grave y venerable caballero la miró como los hombres miran a quien es la niña de sus ojos.
—Señora Bretton —dijo—, ¿qué voy a hacer con esta hijita mÃa? No crece ni en sabidurÃa ni en estatura. ¿No la encuentra casi igual que hace diez años?
—No puede ser más infantil que este grandullón —replicó la señora Bretton, que estaba peleándose con su hijo para que fuera a cambiarse de ropa.
Graham estaba apoyado en el aparador holandés, riéndose e impidiendo que su madre se le acercara.
—Vamos, mamá —exclamó—, para llegar a un acuerdo y calentarnos, tanto por dentro como por fuera, tomemos un ponche navideño y brindemos aquÃ, junto a la chimenea, por la vieja Inglaterra.