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Así, pues, mientras el conde se acercaba al fuego y Paulina Mary seguía bailando de aquí para allá —feliz por la libertad que le proporcionaba aquella enorme cocina—, la señora Bretton enseñó personalmente a Martha a condimentar y calentar el ponche; y, vertiendo la bebida en una jarra de Bretton, la sirvieron en las copas, humeante, con la ayuda de un pequeño recipiente de plata, que reconocí como el del bautismo de Graham.

—¡Por los viejos tiempos! —dijo el conde, levantando hacia un lado su copa. Entonces, mirando a la señora Bretton empezó a recitar:

We twa ha’ paidlet i’ the burn Fra morning-sun till dine , But seas between us braid ha’ roared Sin’ auld lang syne.

And surely ye’ll be your pint-stoup, As surely I’ll be mine; And we’ll taste a cup o’ kindness yet; For auld lang syne[225].

—¡Escocés! ¡Escocés! —exclamó Paulina—. Papá está hablando escocés. Y es escocés, en parte. Somos Home y de Bassompierre, caledonios y galos.

—Y ¿lo que estás bailando es una danza escocesa, hada de las Tierras Altas? —preguntó su padre—. Señora Bretton, no tardará en aparecer un círculo verde en medio de su cocina. No respondo de las artimañas de mi hija: es una criaturita muy extraña.

—Dile a Lucy que baile conmigo, papá; ésta es Lucy Snowe.


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