Villette
Villette La señora Bretton y el señor Home estaban conversando. Al doctor John no le había pasado inadvertida la danza del hada; la había observado, y había disfrutado con ella. Dejando a un lado la dulzura y la belleza de sus movimientos, adorables para un amante de la gracia como él, a Graham le encantó la naturalidad de Paulina en casa de su madre, pues le hacía sentirse cómodo: ella le parecía de nuevo una niña… casi su compañera de juegos. Me pregunté cómo se dirigiría a la joven; no le había visto aún hablar con ella; sus primeras palabras pusieron de manifiesto que los viejos días de la «pequeña Polly» habían vuelto a su memoria con la alegría infantil de la velada.
—¿Acaso Su Señoría desea la jarra?
—Creo haberlo dicho ya. Pensé que había quedado claro.
—No puedo consentir semejante despropósito. Lo siento mucho, pero no puedo hacerlo.
—¿Por qué? Estoy completamente recuperada: el ponche no puede romperme la clavícula de nuevo, ni dislocarme el hombro. ¿Es vino?
—No; ni tampoco rocío.
—No quiero rocío; no me gusta el rocío: pero ¿qué es?
—Cerveza… cerveza muy fuerte… una vieja cerveza de octubre[227]; fabricada, tal vez, el año de mi nacimiento.