Villette
Villette —Debieron de hacerla unas manos expertas; ¿está buena?
—Demasiado buena.
Y bajó la jarra para servirse una segunda dosis de aquel potente elixir, expresó con una mirada maliciosa su inmensa satisfacción, y volvió a colocar solemnemente la copa en el anaquel.
—Me gustaría tomar un poco —exclamó Paulina, alzando la vista—; jamás he bebido una vieja cerveza de octubre. ¿Es dulce?
—Peligrosamente dulce —contestó Graham.
Y la joven siguió mirando hacia arriba con el rostro de un niño que desea una golosina prohibida. Finalmente, el doctor John cedió, bajó la jarra y, con gran satisfacción, dejó que Paulina probara su contenido; los ojos de Graham, siempre tan expresivos cuando se sentía alegre, fueron incapaces de disimular el placer que esto le procuraba; y prolongó la situación colocando la copa de tal modo que aquellos labios sonrosados sólo pudieran beberlo gota a gota.
—Un poco más… un poco más —protestaba ella, algo enfurruñada, tocando la mano de él con su dedo índice para que, dócilmente, inclinara la copa con mayor generosidad—. Huele a especias y a azúcar, pero soy incapaz de saborearlo; su muñeca está tan rígida, y es usted tan tacaño…