Villette
Villette No hay duda de que Graham reparó en el cambio con tanta claridad como yo. Se quedó unos minutos junto a la ventana, contemplando la nieve; luego se acercó a la chimenea y se sumó a la conversación, pero sin su desenfado habitual: los temas más oportunos no parecían brotar de sus labios; los elegía de forma minuciosa, vacilante y, por consiguiente, poco afortunada. Habló vagamente de Villette: de sus habitantes, de sus lugares de interés y de sus edificios. La señorita de Bassompierre le contestó de un modo muy femenino; con inteligencia, y demostrando tener un criterio bastante personal. De vez en cuando, un tono, una mirada, un gesto, más animados y expresivos que ceremoniosos y comedidos, recordaban aún a la pequeña Polly; y, sin embargo, había en ella una gracia tan elegante y refinada, tan apacible y cortés, dando brillo y respaldando esas singularidades, que un hombre menos sensible que Graham no habría osado valerse de ellas para buscar una mayor intimidad.