Villette
Villette No obstante, aunque el doctor Bretton no sabía bien qué decir y estaba más serio de lo habitual, seguía de atento observador. No se le escapaba ninguno de aquellos impulsos irresistibles, ninguna de aquellas pausas naturales. No se perdía ni uno de sus movimientos característicos, ni una de sus vacilaciones en la conversación, ni uno de sus ceceos al expresarse. Algunas veces, cuando hablaba deprisa, Paulina todavía ceceaba; pero siempre se ruborizaba al cometer ese fallo y, de un modo muy concienzudo, tan divertido como el pequeño error, repetía con claridad la palabra.