Villette

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A las siete en punto, salió la luna. A las siete y media, cuando profesoras y alumnas estudiaban en el refectorio y madame Beck se hallaba con su madre y sus hijas en la salle à manger, cuando las mediopensionistas se marcharon a sus casas, Rosine abandonó el vestíbulo, y todo estuvo en calma, me envolví en un chal y, cogiendo la botella sellada, salí sigilosamente al berceau desde la clase del primer curso y me dirigí a l’allée défendue.

Matusalén, el peral, estaba al final de ese camino, cerca de mi asiento: se elevaba, gris y sombrío, por encima de los arbustos que crecían a su alrededor. A pesar de los años, el tronco de Matusalén seguía siendo muy sólido; pero tenía un agujero, o más bien un profundo hueco, cerca de sus raíces. Yo conocía la existencia de ese hueco, escondido bajo la hiedra y las enredaderas, y era allí donde pensaba ocultar mi tesoro. Pero no sólo pretendía ocultar un tesoro… quería también enterrar una pena. Esa pena que tanto me había hecho llorar últimamente, mientras la envolvía en su mortaja, debía ser enterrada.





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