Villette

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Me encaminé hacia el viejo barrio histórico, cuyo vetusto y sombrío recinto siempre buscaba cuando me sentía melancólica, y deambulé por sus calles hasta que, después de cruzar una plaza medio desierta, me encontré ante la tienda de una especie de chamarilero; un lugar antiguo repleto de objetos antiguos.

Lo que buscaba era una caja de metal que pudiera soldarse, o un tarro o botella de cristal muy grueso que pudiera cerrarse herméticamente. Entre los montones de artículos de todo tipo, encontré y compré este último.

Luego hice un pequeño rollo con las cartas, las envolví en seda encerada, las até con un cordel y, después de guardarlas en la botella, le pedí al viejo chamarilero judío que la tapara y la sellara.

Mientras obedecía mis instrucciones, me miraba de vez en cuando, receloso, por debajo de sus blancas pestañas. Creo que pensaba que yo tramaba algo malo. Todo aquello me produjo una sensación extraña… no placer… sino una satisfacción triste y solitaria. El impulso al que había obedecido, el estado de ánimo que me dominaba, eran muy semejantes al impulso y al estado de ánimo que me habían empujado a confesarme. Con paso vivaz llegué al pensionnat justo cuando oscurecía, a tiempo para la cena.


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