Villette

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¿Qué podía hacer para impedirlo? ¿En qué rincón de aquella extraña casa era posible hallar un escondite seguro? ¿Dónde sería garantía una llave o barrera un candado?

¿En el grenier[234]? No, no me gustaba el grenier. Además, casi todos sus cajones y cajas estaban carcomidos y no podían cerrarse con llave. Las ratas se abrían camino royendo la madera podrida, y los ratones anidaban en medio de su caótico contenido. Mis queridas cartas (todavía adoradas, aunque llevaban el nombre de Icabod[235] escrito en su primera página) podrían ser comidas por las alimañas; y sin duda la humedad borraría muy pronto su tinta. No, el grenier no valía… pero entonces ¿dónde?

Mientras cavilaba sobre este problema, me senté junto a la ventana del gran dormitorio. Era una tarde gélida y hermosa; el sol invernal, a punto de ocultarse, brillaba muy pálido sobre los arbustos del jardín en l’allée défendue. Un viejo y enorme peral —el peral de la monja— erguía su esqueleto de dríade[236], gris, enjuto, desnudo. Me asaltó un pensamiento… uno de esos pensamientos descabellados y extraños que a veces acuden a la imaginación de la gente solitaria. Me puse el sombrero, la capa y las prendas de piel, y me fui a la ciudad.


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