Villette

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Aquello era demasiado. Madame Beck era la discreción personificada, además de tener el cerebro más poderoso y el juicio más ecuánime que jamás haya amueblado una cabeza humana; que ella conociera el contenido de mi caja no resultaba agradable, pero podía soportarse. La pequeña y jesuítica inquisidora sabía ver las cosas como eran, y no las malinterpretaba; pero la idea de que hubiera osado comunicar a otros la información así obtenida; de que quizá se hubiera divertido leyendo acompañada aquellas cartas, sagradas para mí, me dejó consternada. Pero sabía que mi temor no era infundado: incluso adiviné quién era su confidente. Monsieur Paul Emanuel, su primo, había pasado con ella la velada anterior: madame Beck solía consultarle y debatir con él los asuntos que no confiaba a ninguna otra persona. Aquella misma mañana, durante la clase, ese caballero me había honrado con una mirada que parecía haber pedido prestada a Vastí, la actriz; en aquel instante, yo no había sabido interpretar el destello azul, aunque tétrico, de sus ojos cargados de ira, pero ahora comprendía su significado. Estaba convencida de que él era incapaz de ser ecuánime conmigo y de juzgarme con tolerancia y franqueza; siempre me había parecido un hombre severo y suspicaz: la idea de que aquellas cartas, a pesar de ser únicamente amistosas, hubieran caído una vez y pudieran volver a caer en sus manos me dolía en el alma.


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