Villette

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Pues bien, aparté la hiedra y encontré la oquedad; era lo bastante grande para la botella, y la dejé en su interior. En un cobertizo al fondo del jardín había algunos materiales de construcción abandonados por los albañiles que recientemente habían reparado una parte del edificio. Cogí de allí un trozo de pizarra y un poco de argamasa, coloqué la pizarra en el hueco, la fijé con argamasa, cubrí todo con tierra muy oscura y, finalmente, volví a poner la hiedra en su sitio. Una vez hecho esto, descansé apoyada en el tronco; quedándome, como cualquier otro doliente, junto a una sepultura recién cubierta por la hierba.

El aire de la noche era muy sereno, pero flotaba en él una extraña neblina que convertía los rayos de luna en una bruma luminosa. En aquel aire, en aquella niebla, había cierta cualidad —eléctrica quizá— que ejercía una curiosa influencia sobre mí. Sentí lo mismo que había sentido un año antes en Inglaterra, cierta noche en que la aurora boreal iluminaba el cielo y yo, tras demorarme en unos campos solitarios, me detuve a contemplar aquel ejército con sus estandartes… aquel temblor de apretadas lanzas… aquel veloz ascenso de los mensajeros desde más abajo de la estrella polar hasta el cenit de la bóveda celeste. Estaba muy lejos de ser feliz, pero sentí mis energías renovadas.


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