Villette
Villette Si la vida era una lucha, parecía ser mi destino librarla sin ayuda de nadie. Pensé en cómo levantar mi cuartel de invierno… cómo abandonar un campamento donde escaseaba la comida y el forraje. Tal vez para lograr ese cambio debía ganarse otra batalla; de ser así, tenía ganas de enzarzarme en ella: demasiado pobre para perder, Dios podía destinarme a la victoria. Pero ¿qué camino se abría ante mí? ¿Qué plan tenía a mi alcance?
Estaba dando vueltas a esas preguntas cuando la luna, tan mortecina hasta entonces, pareció brillar con más intensidad: un destello blanco resplandeció junto a mí, y pude ver con claridad una sombra. Agucé la vista para descubrir la causa de aquel contraste tan acentuado que aparecía de pronto en el oscuro sendero; el blanco y el negro, cada vez más intensos, se transformaron súbitamente en una figura. Me encontraba a tres yardas de una mujer alta, vestida de negro y con un velo blanco.
Pasaron cinco minutos. No salí corriendo ni grité. Ella seguía allí.
—¿Quién es usted? ¿Por qué viene a mí? —exclamé.
Ella guardó silencio. No tenía rostro… ni facciones: un velo blanco ocultaba su rostro; pero tenía ojos, y éstos me contemplaban.