Villette

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Me faltaba valor, pero estaba desesperada; y a menudo la desesperación basta para suplir al coraje. Di un paso hacía delante. Extendí la mano para tocarla. Ella pareció retroceder. Me acerqué más: su retroceso, todavía silencioso, se hizo más rápido. Una masa de frondosos arbustos, entre los que había laureles y tejos, se interpuso entre mí y el objeto de mi persecución. Habiendo salvado ese obstáculo, miré y no vi nada. Esperé un poco, y luego dije:

—Si tiene algún recado para mí, regrese.

Nada contestó ni volvió a aparecer.

Aquella vez no podía recurrir al doctor John; no había nadie a quien yo me atreviera a susurrar las palabras: «He visto de nuevo a la monja».

Paulina Mary me invitaba con frecuencia a la rue Crécy. En los viejos días de Bretton, aunque nunca se había mostrado especialmente cariñosa conmigo, mi compañía se había convertido para ella en una especie de necesidad inconsciente. Solía percatarme de que, siempre que me retiraba a mi dormitorio, venía corriendo detrás de mí y, abriendo la puerta, se asomaba y decía en su pequeño tono imperioso:

—Baje, Lucy. ¿Por qué se sienta aquí sola? Tiene que venir al salón.

Con el mismo espíritu me rogaba ahora:

—Deje la rue Fossette y venga a vivir con nosotros. Papá le pagará mucho más que madame Beck.


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