Villette
Villette Yo no era la sombra de una dama brillante… no era la sombra de la señorita de Bassompierre. Mi presencia solía pasar inadvertida; era una persona bastante gris: pero ambas, la oscuridad y la depresión, debían ser voluntarias… como las que me ataban dócilmente a mi mesa entre las alumnas ahora bien acostumbradas del primer curso; o a mi propia cabecera, en el gran dormitorio; o al banco y al sendero que todos llamaban mío, en el jardín: mis cualidades no eran volubles ni adaptables. No podían ser el engaste de ninguna gema, el complemento de ninguna beldad, el apéndice de ninguna grandeza de la Cristiandad. Madame Beck y yo, siendo muy distintas, nos comprendíamos muy bien. Yo no era su dama de compañía, ni la institutriz de sus hijas; me dejaba libre: no me ataba a nada… ni siquiera a ella o a sus intereses. En cierta ocasión tuvo que ausentarse de la rue Fossette quince días debido a la enfermedad de un familiar; y cuando regresó, llena de inquietud, temiendo que algo hubiera ido mal en su establecimiento, al comprobar que todo seguía igual y no había el menor indicio de negligencia, hizo un regalo a cada una de las profesoras para agradecerles su seriedad. A las doce de la noche, vino a mi cabecera y me dijo que no tenía ningún obsequio para mí.