Villette
Villette Le respondí a monsieur que exageraba. Es cierto que yo había disfrutado últimamente de las ventajas de un pequeño cambio, pero no antes de que fuera necesario; y no abusaba en absoluto de mi privilegio.
«¿Necesario? ¿Por qué motivo era necesario?». Él suponía que yo estaba bien, ¿no? ¡Un cambio necesario! Me aconsejaba mirar a las religieuses católicas y estudiar sus vidas. Ellas no pedían el menor cambio.
No puedo juzgar la expresión que cruzó mi rostro al oír sus palabras, pero ésta le irritó: me llamó insensata, mundana, epicúrea; me acusó de ambicionar grandezas y de estar febrilmente sedienta de las pompas y vanidades de la vida. Al parecer, no había ningún dévouement, ningún récueillement[241] en mi carácter; ningún espíritu de sacrificio, ninguna compasión, fe o penitencia. Comprendiendo la inutilidad de responder a sus acusaciones, seguí corrigiendo impasible un montón de ejercicios de inglés.
Monsieur Paul era incapaz de ver en mí algo cristiano: como muchos otros protestantes, me deleitaba en el orgullo y en la arbitrariedad del paganismo.
Me alejé un poco de él, refugiándome todavía más bajo el ala del silencio.