Villette
Villette Mi otro juez elegido a sí mismo, el profesor de la rue Fossette, descubrió con ayuda de ciertas tácticas subrepticias que mi vida no era tan sedentaria como hasta entonces, sino que salía con regularidad a determinadas horas en determinados días, y, al darse cuenta, se encargó personalmente de mi vigilancia. La gente decía que monsieur Paul Emanuel se había educado con los jesuitas. Yo habría concedido mayor crédito a este rumor si él hubiera disimulado un poco más sus maniobras. Dado su comportamiento, tenía mis dudas. Nunca ha existido un intrigante menos hipócrita, un intrigante más franco, más indolente. Analizaba sus propias maquinaciones: elaboraba cuidadosamente sus planes, e inmediatamente después se jactaba de su ingenio. No sé si me divirtió más que enojó una mañana en que se acercó a mí y me susurró gravemente que «no me perdía de vista»: por lo menos él cumpliría con sus deberes de amigo y no me abandonaría a mi suerte. Mi conducta le parecía en esos momentos muy poco estable; no la comprendía: estaba convencido de que su prima Beck tenía la culpa por tolerar aquella especie de revoloteo incoherente en una de las profesoras de su establecimiento. ¿Qué tenía que ver una persona dedicada a algo tan noble como la enseñanza con condes y condesas, mansiones y castillos? Pensaba que yo estaba completamente en l’air[240]. Tenía la convicción de que salía seis días de cada siete.